La huelga es el único camino
No valen ya las negociaciones que no llevan a ningún sitio, porque el poder no nos toma en serio. No basta con mirar hacia otro lado mientras la vida se nos va en trabajar para pagar un alquiler. No podemos conformarnos pensando que esto no va con nosotros, porque sabemos que, tarde o temprano, también nos tocará.
Las condiciones laborales que tenemos no nos las han regalado. Se han conquistado con conciencia de clase, organización y lucha colectiva. La jornada de ocho horas se consiguió después de la huelga de La Canadiense de 1919. Las vacaciones pagadas, la protección frente al despido o la asistencia médica llegaron después de décadas de reivindicaciones. Los derechos laborales se conquistaron enfrentándose a quienes siempre han querido sacar el máximo beneficio de nuestro trabajo.
Los derechos dependen de la capacidad de defenderlos. Hoy, mientras nos piden paciencia y moderación, vemos cómo se incumplen derechos, se precariza el empleo y se pretende que aceptemos como inevitable perder lo que tanto costó conseguir. La jornada de ocho horas sigue siendo una conquista fundamental, pero la jornada semanal de 40 horas continúa estancada desde hace décadas. ¿Cuánto tiempo más vamos a aceptar que nuestras vidas giren en torno al trabajo?
Los salarios apenas han ganado poder adquisitivo en las últimas décadas, mientras el coste de la vivienda se dispara. Nos piden que nos apretemos el cinturón, pero cada vez tenemos menos cintura. Trabajamos para vivir y acabamos viviendo para trabajar. Y cuando llega el momento de jubilarnos, también quieren que asumamos más años de trabajo y que desconfiemos de unas pensiones públicas que deberían garantizarnos una vida digna.
La patronal se ha venido arriba hasta el punto de anunciar que pretende impugnar la huelga general del 11N. Como si no tuviéramos derecho a parar, a organizarnos y a plantar cara. Como si pudieran decidir hasta dónde llega nuestra capacidad de defendernos. Mientras tanto, el fascismo recibe apoyos, financiación y espacios de promoción, dispuesto a señalar y amenazar a quienes alzan la voz. Quieren que tengamos miedo, que nos callemos y que cada cual se busque la vida como pueda.
Pero a toda injusticia puede oponerse una respuesta solidaria. Y esa respuesta ya está aquí. El pueblo está hablando y organizándose desde abajo. Esa juventud a la que tantos daban por perdida, a la que se daba por derechizada y desmovilizada, estamos en las calles, luchando por la justicia social y construyendo espacios de apoyo mutuo. Vecinas y vencinos nos encontramos en los barrios y en las plazas, organizamos grupos de trabajo, compartimos experiencias, nos formamos y nos cuidamos. Nos resguardamos de la lluvia en comunidad. Descubrimos que no estamos solas y que, cuando nos organizamos, podemos dejar de aceptar lo que parecía inevitable.
Porque los problemas que sufrimos individualmente tienen causas comunes y necesitan respuestas colectivas. Porque no podemos permitir que el salario se esfume en el alquiler, que la jornada laboral nos robe la vida o que la jubilación se convierta en una nueva incertidumbre. Queremos salarios dignos, una jornada laboral que nos permita vivir, pensiones públicas suficientes y una vivienda estable y asequible. Queremos que la vivienda cumpla una función social y que nadie pierda su hogar por no poder pagar. Que no sea un negocio. Queremos que nuestras vidas valgan más que los beneficios de unos pocos.
No esperamos que nadie nos regale nada. Sabemos que los derechos se conquistan y se defienden luchando. Y sabemos también que ninguna negociación será suficiente si detrás no hay una clase trabajadora organizada, dispuesta a defender sus derechos y a conquistar los que todavía le niegan.
La huelga es nuestra herramienta. La solidaridad, nuestra fuerza. La organización, nuestro camino.
El 11 de noviembre tenemos una oportunidad para demostrarlo. Para parar, encontrarnos y hacer visible que sin nosotras nada funciona. Para defender nuestras condiciones de vida y demostrar que no estamos dispuestas a seguir pagando una crisis que no hemos provocado.
No hace falta que pensemos igual en todo. Hace falta que entendamos que compartimos mucho más de lo que nos separa. Que la precariedad de una trabajadora, el alquiler imposible de una familia y la incertidumbre de quien se acerca a la jubilación forman parte de una misma realidad. Y que, frente a ella, tenemos algo mucho más fuerte que la resignación: nuestra capacidad de organizarnos y luchar juntas.
El 11N, que se pare todo menos nuestra lucha.
¡A la huelga general!
¡Por nuestros derechos, por nuestras vidas, por una vivienda digna!
